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Crónica de los viernes |

El oficio que sobrevivió a una ausencia: la historia de Adriana Rivera y el taller San Tito

  • Viernes 6 de noviembre de 2026
  • 09:24 hrs

En Villa Alegre, Adriana Rivera encontró en el trabajo del cobre y el bronce una manera de continuar el legado de su hermano. Junto a su marido, mantuvo un oficio que hoy lleva el nombre de quien se lo transmitió. Una historia sobre artesanía, memoria familiar y esas formas de permanecer que nacen del trabajo de las manos.

Hay nombres que siguen acompañando la vida cotidiana mucho después de que las personas que los inspiraron han partido.

A veces permanecen en una fotografía, en una carta o en un objeto familiar. Otras veces encuentran un lugar distinto: la puerta de un taller, una herramienta que continúa utilizándose o un oficio que alguien decide no abandonar.

En Villa Alegre, una comuna de la provincia de Linares, existe un emprendimiento artesanal llamado San Tito. Detrás de ese nombre está Adriana Rivera, una mujer dedicada al trabajo del cobre y el bronce, cuya trayectoria está profundamente vinculada a la historia de su familia.

Su hermano fue quien le abrió el camino hacia el oficio. Comenzaron trabajando juntos en el esmaltado de piezas artesanales. Después de su fallecimiento, Adriana y su marido continuaron desarrollando aquel trabajo. El taller recibió entonces el nombre de San Tito, como una manera de honrar su memoria.

Es una historia sencilla en apariencia, pero contiene una pregunta que atraviesa muchas experiencias familiares: ¿qué hacemos con aquello que aprendimos de las personas que ya no están? Adriana encontró una respuesta en el trabajo artesanal.

Lo que se aprende trabajando juntos

Los oficios no siempre comienzan con una formación académica. Muchas veces nacen de la convivencia, de la observación y del aprendizaje que ocurre mientras dos personas comparten una tarea.

En el caso de Adriana, el vínculo con la artesanía comenzó trabajando junto a su hermano.

El catastro cultural Soy Maule registra que la artesana posee más de quince años de trayectoria y que su especialidad está vinculada a la elaboración de piezas de cobre y bronce.

El esmaltado fue parte de sus primeros aprendizajes. Esta técnica permite incorporar color a superficies metálicas y exige conocimientos sobre materiales, preparación y terminaciones.

Pero en una historia como la suya, el oficio también tiene una dimensión menos visible. Porque trabajar junto a alguien significa compartir conocimientos que, con el tiempo, pueden adquirir un valor distinto.

Una forma de resolver un problema. Una técnica que se perfecciona con la experiencia. Un modo particular de entender los materiales.

Cuando esa persona falta, lo aprendido permanece y puede convertirse en una manera de continuar una historia que parecía interrumpida.

San Tito: un nombre para recordar

La muerte de su hermano marcó un cambio en la trayectoria de Adriana.

Según los antecedentes publicados en Soy Maule, fue después de esa pérdida cuando ella y su esposo asumieron la continuidad del oficio. No se dispone de una entrevista en la que Adriana explique cómo vivió aquel proceso. Tampoco corresponde atribuirle sentimientos o reconstruir escenas que no han sido documentadas. Pero existe un hecho concreto que permite comprender la importancia de ese vínculo: decidió llamar San Tito a su taller en homenaje a su hermano.

El nombre transforma la actividad artesanal en algo más que una ocupación económica: Le entrega una historia.

Cada vez que el taller participa en una feria, presenta sus piezas o aparece en un registro cultural, ese nombre continúa circulando. Y con él, la memoria de la persona que estuvo en el origen del proyecto.

No todas las formas de homenaje necesitan grandes ceremonias. Algunas encuentran su lugar en la continuidad de aquello que alguien nos enseñó.

La vida que adquieren los metales

En el taller San Tito se elaboran distintas piezas artesanales. El catálogo cultural menciona murales, objetos circulares, colgantes y trabajos esmaltados que incorporan figuras de animales. Entre sus motivos aparecen búhos, gallos, palomas, picaflores, loros y mariposas; siendo una producción que combina el trabajo del metal con formas inspiradas en la naturaleza.

Cada pieza exige decisiones sobre diseño, materialidad y terminaciones. El resultado es un objeto que puede incorporarse a una vivienda, acompañar a una persona o convertirse en un regalo.

En tiempos en que buena parte de los productos se fabrica en serie, la artesanía conserva una relación particular con el tiempo. No solamente por las horas necesarias para elaborar cada objeto, sino por los conocimientos que hacen posible su existencia.

En ese sentido, el valor de una pieza no se reduce al metal utilizado. También está en la experiencia de quien la fabrica. Y, en ocasiones, en la historia familiar que hizo posible ese aprendizaje.

Un oficio que sale de Villa Alegre

El trabajo de Adriana no ha permanecido exclusivamente dentro de su comuna.

De acuerdo con Soy Maule, la artesana ha participado en ferias realizadas en distintos puntos de la región y ha recibido invitaciones de municipalidades y organizaciones vinculadas al desarrollo artesanal. Entre las entidades mencionadas figuran PRODEMU, Marketing Maule y la Asociación de Artesanos del Maule. Su trayectoria también aparece vinculada al Registro Nacional Chile Artesanía.

Estas instancias cumplen una función importante para quienes trabajan en oficios manuales. Permiten presentar sus creaciones, establecer vínculos con otros artesanos y acercar sus productos a nuevos públicos; pero también ofrecen algo que no siempre puede medirse en ventas: visibilidad. Porque detrás de cada objeto existe una persona cuyo trabajo merece ser reconocido.

Y detrás de algunas personas hay historias que permanecen desconocidas para quienes adquieren sus creaciones.

La memoria también se construye con las manos

Cuando hablamos del patrimonio del Maule, solemos pensar en sus edificios antiguos, sus estaciones ferroviarias, las tradiciones campesinas o los paisajes que han acompañado a distintas generaciones.

Sin embargo, existe otro patrimonio que se conserva de una manera menos evidente, que son los conocimientos que pasan de una persona a otra, esas técnicas que alguien enseña, en las herramientas que continúan utilizándose, en las familias que encuentran en un oficio una forma de sustento y también de identidad y, la historia de Adriana Rivera pertenece a ese universo.

Su trabajo no representa solamente una expresión artesanal de Villa Alegre. También permite observar cómo una experiencia familiar puede transformarse en un proyecto que continúa desarrollándose con el paso de los años.

El taller San Tito es, en ese sentido, un nombre que reúne dos tiempos. El de quien transmitió el oficio. Y el de quienes decidieron continuarlo.

Lo que queda de nosotros

Hay personas que dejan una casa, un libro o una colección de fotografías. Otras dejan conocimientos. Una manera de trabajar. La paciencia necesaria para transformar un material. La experiencia que solamente se adquiere después de muchos años.

En Villa Alegre, Adriana Rivera continúa vinculada a un oficio que aprendió junto a su hermano y que hoy tiene un nombre dedicado a él.

Su historia nos recuerda que la memoria no vive exclusivamente en aquello que guardamos. También puede permanecer en lo que hacemos, en las decisiones que tomamos, en los conocimientos que elegimos conservar y en esas manos que siguen trabajando después de una ausencia.

Porque hay herencias que no se reciben para guardarlas. Se reciben para darles continuidad.